Esta semana celebramos en casa que hace 13 años nació Álvaro, el ser que me convirtió en madre. Y este título no se regala, os lo aseguro, aunque todas las madres ya sabéis que es así.
Pero hoy, como cada año, vuelven a mi memoria muchos momentos que sucedieron durante el embarazo y en su nacimiento. En realidad, regresan muchas más veces, no solo en su aniversario. Y es precisamente de eso de lo que quiero hablaros.
Agradezco cada uno de esos momentos. Si no los hubiera vivido tal y como fueron, seguramente no estaría aquí, dedicándome a lo que hago hoy. Quizás no habría podido conectar con la importancia del embarazo, del parto y del nacimiento como auténticos agentes de cambio en nuestra sociedad.
Y aun así, hay partes de esa vivencia que no se las deseo a nadie. Ese es, precisamente, el motivo que me trajo hasta aquí.
Hoy ya no hay dolor, pero sí hay conciencia. Hubo intervenciones que no estuvieron bien.
Un embarazo intenso: miedo, inseguridad y emociones desbordadas
Mi embarazo fue, por momentos, tormentoso; en otros, estuvo lleno de entusiasmo y amor. Recuerdo con mucha claridad una inseguridad que nunca antes había sentido. Miedo. Ira. Emociones intensas que se movieron y se amplificaron hasta el extremo.
Y me vi sin saber cómo compartir todo eso que estaba sintiendo.
El tercer trimestre trajo algo distinto: calma. Asimilación. Poco a poco pude integrar todo lo removido en las semanas anteriores y, por fin, disfrutar de la espera, de imaginar la carita de Álvaro.
Semana 39: rotura de bolsa, hospital y decisiones sin información
En la semana 39 empecé a notar que me mojaba cada vez que me levantaba. Intuí que la bolsa se había roto un poco y, como me habían indicado, acudí al hospital.
Allí confirmaron que era líquido amniótico y que debían administrarme antibiótico e inducir el parto con prostaglandinas. Yo no dudé ni un instante: confié plenamente en que aquello era lo mejor para mi bebé y para mí. Nadie me explicó que existían otras formas de proceder ni que toda intervención conlleva también riesgos.
Me había preparado como me dijeron. Conocía la teoría de las clases de preparación al parto. Pero nadie me habló de inducciones, ni de antibiótico intraparto.
Cuando el parto deja de ser tuyo
Nadie me habló de profesionales que te amenazan con un arpón para cazar focas. Lo siento, pero así lo sentí.
Lo estaba llevando bien. Las contracciones no dolían. Sentía cómo el cuerpo se abría, sin dolor. El partograma mostraba que el proceso avanzaba: cuello borrado y 4 cm de dilatación, sin sufrimiento.
Hasta que llegó ella.
Una doctora joven, arrogante, que me dio miedo nada más verla. No me conocía, no me había visto antes, y sentenció que si no dolía, no estaba funcionando. Sin pedir permiso, sin explicar nada, me rompió la bolsa.
Yo me porté bien. No protesté. Ante aquella autoridad, solo supe someterme.
A partir de ahí, todo cambió. El parto no se aceleró. Solo empezó a doler. Mucho. Cada vez más.
Después llegó la oxitocina. Contracciones insoportables, solapadas, que deciden bajar con Ventolín… (¿eso no era para el asma?)
Monitorización continua. Apenas opción de moverme.
Y luego, dormir. Haloperidol. Porque aquel episodio me había dejado completamente agotada.
Epidural, instrumentalización y falta de consentimiento
Cuando desperté, ya era la mañana del 7 de enero. Aún quedaban muchas horas. Pedí la epidural. Ya no podía más.
Me pusieron una walking epidural. Nunca entenderé para qué. No pude levantarme prácticamente en ningún momento. Seguía conectada a monitores. Y el dolor seguía ahí.
Cuando se detectó que Álvaro empezaba a sufrir, me llevaron a quirófano. Preparaban una posible cesárea. Pero finalmente todo se resolvió con una Kristeller, episiotomía y espátulas.
Ocho, nueve, diez estudiantes. No lo sé. Observaban la escena. Nadie pidió permiso.
El instante que lo transformó todo: vínculo y oxitocina
Y aun así, cuando Álvaro llegó a mi pecho, todo desapareció. Absolutamente todo.
Con él piel con piel, entré en otro mundo. A día de hoy sigo preguntándome cómo fue posible. Cómo, después de tanto miedo, dolor y falta de intimidad, seguridad y calma, pudo darse ese instante.
El vínculo. El enamoramiento inmediato. La oxitocina natural fluyendo, contra todo pronóstico.
Y mi vida cambió para siempre.
Lo que aprendí de mi primer parto
Comprendí que si yo no me hacía responsable de mi vida, otros tomarían decisiones por mí.
Que informarme era mi responsabilidad.
Que incluso lo doloroso puede transformarte.
Que no era inevitable que el momento más trascendental de mi vida tuviera que ser así.
Cuando la información cambia la experiencia
Y que la siguiente podía ser diferente.
Y lo fue.
Valerya nació acompañada por una matrona, sin miedo, sin intervenciones innecesarias, informada.
No olvido lo vivido. Pero sé que todo aquello me trajo hasta aquí. A ser quien soy. A acompañar a otras mujeres para que estén informadas y puedan decidir desde ahí.
Foto de Freepik.

